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Esta fábrica
queda en Trossingen, una ciudad al sur de
Alemania, pero su máximo representante,
Horst Bräuning, gerente general, aceptó
la invitación de la embajada de Colombia
y prometió viajar a Berlín
para "dar un saludo breve y entregar
unas armónicas de regalo a los niños".
Era el anuncio de la aparición formal
de un directivo de la Hohner en la escena
vallenata. Este hecho no se había
dado antes, a ese nivel, ni en Alemania
ni en Colombia, en tantos años de
paternidad compartida del género
musical.
Bräuning llegó al concierto,
serio, formal y discreto y salió
coronado, emparrandado y como Clinton con
el primer grupo de vallenaticos, "entrelazao"
con Colombia.
Los más exigentes
"Es fascinante sentir en directo la
pasión con que estos niños
viven la música. Yo sólo había
visto un documental sobre el vallenato que
me aclaró algunas cosas. Por eso
para mi este es un encuentro muy emocional
porque me creo con un poquito de derecho
a sentirme orgulloso" dijo, el gerente.
Pero su encuentro con los niños
vallenatos no solo dio para frases de emoción.
En medio de la parranda vallenata que se
armó después del concierto
en la casa de Estella Vargas, ministro plenipotenciario
de la Embajada, Bräuning reveló
la importancia del vallenato para su empresa.
Dijo que más allá de las
cifras: "Producimos acordeones para
todo el mundo y en Colombia vendemos alrededor
de 200 al año, a razón de
700 euros cada uno".
El vallenato constituye el mayor reto técnico
para su empresa porque "ningún
género musical de los múltiples
que tienen el acordeón como pieza
clave le exige tanto al instrumento.
"Para nuestros ingenieros la forma
cómo se toca el acordeón en
Colombia es fuente de información
y referencia para investigación y
desarrollo de materiales más resistentes,
más sólidos y a la vez artísticos.
"Nadie le saca al acordeón
todas las posibilidades que éste
tiene como lo hacen ustedes. Lo martirizan,
en el buen sentido de la palabra y eso no
es ninguna pequeñez, sino una prueba
de fuego" agregó, acomodándose
risueño su sombrero 'vueltiao', con
el que los niños lo coronaron al
final del concierto.
Duelo de acordeoneros
En el transcurso de la parranda, escuchando
el sonido de sus acordeones sin micrófonos
ni amplificadores, Bräuning quien es
ingeniero y también acordeonero,
hizo una pausa para hacer averiguaciones
sobre una costumbre vallenata que le era
totalmente desconocida.
"Dígame una cosa, a estos acordeones
les pasa algo, ¿han sufrido algún
tipo de modificación?" le preguntó
a través de una improvisada intérprete
a Erwin Quintero, director del grupo.
"Ah pero claro" contestó
Quintero. "Nosotros allá los
arreglamos. Cuando los compramos les mandamos
subir entre medio hasta dos tonos".
El gerente, asombrado, preguntó
que quién lo hacia y por qué.
"Porque el sonido vallenato que nos
gusta no lo producen ustedes y por eso tenemos
nuestros "arregladores" propios,
agregó el director.
"Interesante y muy ingenioso lo que
me cuenta" anotó el gerente.
Y entonces Quintero aprovechó el
momento para dar una queja.
"Frecuentemente pasa que el tercer
botón -de izquierda a derecha- se
queda hundido. Hace poco compramos 18 acordeones
y a todos les pasó lo mismo".
"Mañana mismo hablo con mis
ingenieros" dijo el gerente pensativo.
Un minuto después se colgó
un acordeón y se unió al toque
interpretando una tonada popular alemana,
rodeado por el grupo. Antes de irse, prometió
que este no sería el único
encuentro familiar y parrandero y pidió
que lo mantuvieran al tanto del Festival.
Contentos y triunfantes los niños
vallenatos se fueron con su música
a Francia y Holanda y en medio de homenajes
y aplausos, el maestro Escalona anunció
que Berlín le había inspirado
a escribir sus memorias. Pero esa es una
historia recién nacida que todavía
no quiere anunciar del todo...
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